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Una de las imágenes más perdurables del Abierto de Estados Unidos en 2019 simplemente no se repetirá en la edición del presente año.

Daniil Medvedev, quien terminó llegando a la final, se dio la media vuelta, girando sobre sus talones, para desafiar a los aficionados que lo abucheaban en el graderío.

Hacia el final del torneo, el carismático tenista ruso se había ganado al público. Recibió apoyo de buena parte de los 23,771 espectadores que colmaron el Arthur Ashe Stadium, donde obligó a que Rafael Nadal disputara cinco sets, antes de que el español ganara una electrizante final.

Ni los abucheos ni las ovaciones podrán escucharse este año en Flushing Meadows, donde este torneo del Grand Slam comienza el lunes. No se permitirán espectadores en el Centro Nacional de Tenis Billie Jean King, como parte de las medidas que buscan proteger a los jugadores y a otras personas del nuevo coronavirus.

“Va a ser realmente triste, sin el público de Nueva York”, lamentó Medvedev. “Va a ser muy extraño para nosotros, por supuesto”.

Lo será para todos, pues transformará la esencia misma del certamen.

Los jugadores no podrán recibir una dosis necesaria de energía en los momentos complicados. Tampoco tendrán que preocuparse por tener al público en contra. De hecho, no sentirán la presión de jugar ante miles de personas en el graderío.

Para los entrenadores, será más fácil decirle algo a un jugador.

Los jueces de silla no tendrán que estar suplicando “silencio, por favor”, ni tendrán que esperar a que el ruido del público se modere para activar la cuenta regresiva en el reloj de saque.

Y, desde luego, los aficionados no podrán asistir. Quienes miren por la televisión notarán grandes telones que cubrirán las butacas vacías.

“Absolutamente me encanta jugar con público. Amo que la gente venga y disfrute la actuación que le brindamos mi adversaria y yo”, dijo la británica Johanna Konta, quien será novena preclasificada en Nueva York. “Pero evidentemente, ésa no es la realidad que tenemos ahora”.

Konta y sus colegas han podido probar la sensación del silencio durante el Western & Southern Open, un torneo que se realiza normalmente en Ohio como el Masters de Cincinnati, pero que se mudó a la sede del U.S. Open este año, debido a la pandemia.

Un beneficio que han notado los jugadores en la semana previa a la gran cita es que no tendrán que lidiar con las multitudes mientras recorran los terrenos de la sede del certamen.

Y en la cancha, todo luce muy solitario.

“Una puede oír su propia respiración”, dijo la francesa Kristina Mladenovic, cuatro veces monarca de dobles en torneos de Grad Slam. “Pero esto es mejor que nada, mejor que estar en casa, sentada en el sofá”.

En el Western & Southern, Felix Auger-Aliassime ganó el primer partido sancionado por la ATP desde marzo. Luego, en broma, envió una pelota hacia el graderío, donde sólo estaba su entrenador, en vez de los espectadores que solían arremolinarse en pos de esa reliquia durante los partidos en la vieja normalidad.

“Es raro que no haya nadie, que no haya una multitud”, manifestó Auger-Alliassime, canadiense que será 15to preclasificado del US Open. “No me encanta esto”.

En los deportes de conjunto dentro de recintos vacíos, como el fútbol, el béisbol o el baloncesto, al menos algún compañero con el mismo uniforme puede brindar aliento con una palmada en la espalda o una palabra.

Pero en el tenis de individuales, no existe esa posibilidad.

“El tenis es un deporte de mentalidad, y supongo que todo es más difícil sin aficionados, porque tan sólo me imagino jugar el quinto set en el Arthur Ashe, en una sesión nocturna, pasada la medianoche. En un año normal, habría mucha energía de los aficionados, que aportan todo este ambiente”, dijo el austriaco Dominic Thiem, segundo favorito en Nueva York detrás.

“Y ahora, en un estadio vacío, tal vez tu entrenador y tu equipo estén ahí, son los únicos. Serán las únicas personas”, añadió. “Eso, supongo, va a sentirse muy solitario, y va a ser interesante experimentarlo”.

Será algo particularmente inusitado en Flushing Meadows, famoso por sus muchedumbres, que suelen hacer más ruido que los aficionados en el All England Club o en Roland Garros.

Ello ocurre especialmente en las sesiones nocturnas de Nueva York, donde la socialización lleva todo a otro nivel.

“Hay cierta quietud cuando sales de la Cancha Central en Wimbledon. Cuando caminas en la sede del U.S. Open, hay una explosión”, dijo Chris Evert, quien ganó en Nueva York seis de sus 18 cetros individuales de Grand Slam.

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