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Editorial

El balance de poder es algo muy delicado en el deporte. Puede ser un gran malestar cuando se está en la cima y éste no se puede controlar. Novak Djokovic sabe una o dos cosas sobre ese particular acto de balance, y procuró no jugar mucho con él durante su soberbia actuación en la final del US Open. Ultimando detalles en lo que ha sido una temporada casi perfecta, se impuso a Roger Federer para reclamar su segundo título en Flushing Meadows.

En enero pasado, Roger Federer y Rafael Nadal probaron una nueva versión de juego llamado Fast4. Ambos jugaron exhibiciones por separado en Australia bajo el nuevo formato, el cual no tiene “lets” (servicios que entran después de tocar la red cuentan) ni marcador de AD (en el “deuce”, el ganador del siguiente punto gana el juego). Los sets se juegan a cuatro juegos en lugar de seis (en el 3-3, un recortado “tiebreak” define al ganador) y los puntos son registrados como 1, 2, 3, 4 en vez de 15, 30 40 y “game” para que los no tan familiarizados con el tenis puedan seguir el desarrollo del juego.

Más que la eliminación de Rafael Nadal en tercera ronda, posiblemente la mayor sorpresa de la primera semana de Wimbledon fue la valentía de Heather Watson y su intento por eliminar a la número 1 del mundo, Serena Williams.

Sí, Roger Federer es el jugador más grande de todos los tiempos, pero la final de Wimbledon fue un brutal recordatorio de que en este momento Novak Djokovic es, por mucho, el mejor tenista en el mundo.

A las 5:30pm, tras cuatro horas exactas de juego en la cancha número 2 y con la luz del atardecer fungiendo como reflector, Lleyton Hewitt utilizó las reservas de energía que le quedaban para levantar los brazos y despedirse del público que presenció su último duelo en Wimbledon. Después, caminó hacia el centro de la cancha, volteó a la grada y levantó los pulgares hacia sus más fieles admiradores, The Fanatics.

Sus canchas serán verdes, pero cuando uno piensa en Wimbledon, el color blanco es el que inmediatamente viene a la mente de cualquier persona. A continuación, una explicación sobre la obsesión del torneo por el color más puro.

Hace dos años, Andy Murray logró al fin lo que ningún británico había hecho en mas 70 años: ganar el título de caballeros en Wimbledon.

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