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Conmoción. Pánico. Y Coronavirus. Un cóctel que derivó en la suspensión de casi todas las grandes citas deportivas como la Copa América, la Eurocopa, la Champions League y las ligas locales de futbol del mundo, el Rugby, la NBA, etcétera, etcétera y etcétera. (Falta confirmar si se realizarán los Juegos Olímpicos de Tokio).

Cómo no podía ser de otra manera, el tenis se ha suspendido. Tanto ATP como la WTA. Desde Indian Wells hasta Montecarlo.

Esta anormalidad para el mundo tenístico solo se ha repetido en tres ocasiones en toda su historia: por la Primera Guerra Mundial desde 1915 hasta 1917 se cancelaron torneos “grandes” como Roland Garros, Wimbledon y Australia. Además, el Barcelona Open, Queens, Montecarlo, Hamburgo, Stuttgart, Múnich, Newport y Sídney.

Además, en 1918, a excepción del US Open, se canceló la temporada tenística en Europa a causa de la Gripe Española.

La tercera, obviamente, entre 1941 y 1945 a causa de la Segunda Guerra Mundial. Se frenaron los torneos tanto en Oceanía, Asia y Europa; sólo Estados Unidos siguió organizando el US Open.

La Federación Internacional de Tenis ha dejado claro que lo más importante en este momento es el bienestar de los deportistas, entrenadores, personal del evento y aficionados, por encima de cualquier patrocinio.

Habrá que esperar que las decisiones tanto políticas como científicas, más la recuperación de la solidaridad que este sistema ha cercenado, para develar la incógnita de si Rafael Nadal podrá igualar a Roger Federer o si Novak Djokovic superará finalmente a los primeros dos.

Por lo pronto, es una buena oportunidad para reencontrarse con aquellas gestas épicas entre McEnroe y Borg en Wimbledon, Lendl y Wilander en arcilla, Becker y Edberg en cemento, y Connors y Vilas en Forrest Hill's.

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