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El balance de poder es algo muy delicado en el deporte. Puede ser un gran malestar cuando se está en la cima y éste no se puede controlar. Novak Djokovic sabe una o dos cosas sobre ese particular acto de balance, y procuró no jugar mucho con él durante su soberbia actuación en la final del US Open. Ultimando detalles en lo que ha sido una temporada casi perfecta, se impuso a Roger Federer para reclamar su segundo título en Flushing Meadows.

Dejando la pizarra en 6-4, 5-7, 6-4 y 6-4, el superlativo serbio logró una de sus mejores actuaciones en el año al desmantelar el juego de su oponente con precisión y gran habilidad.

Aunque no fue la cereza en el pastel de un Grand Slam en año calendario, ciertamente se sintió como si lo hubiera sido para el número uno mientras éste sonreía y abrazaba a su equipo ante un sobrepoblado Arthur Ashe Stadium en Nueva York.

A través del coraje, determinación y una sana dosis de tenis, Djokovic completó un memorable triunfo para conquistar su décimo Grand Slam y quedar a siete de la marca de todos los tiempos de Federer.

Tres de cuatro no es algo malo para “Djoker”

Por segunda ocasión en su carrera, Djokovic logró hacerse de tres títulos de Grand Slam en el año. En 2011, el de Belgrado conquistó los mismos tres títulos: Australian Open, Wimbledon y US Open. Dos charolas de plata obtenidas en Roland Garros como segundo lugar son sin duda lo que el número uno del mundo menos presume en su abundante palmarés.

Llevar su carrera triunfal en Slams al doble dígito, considerando la naturaleza con que ha ascendido a la élite del tenis desde su primer gran triunfo en 2008, es algo que no muchos logran apreciar, pero por otro lado, es una clara evidencia de que hoy por hoy, es el mejor tenista del mundo y merece todo el éxito que está logrando en la actualidad.

Y es que durante ciertos momentos de la final en Nueva York, el serbio de 28 años batalló contra la fuerza opositora de dos enemigos: una era Federer y la otra el público.

Abucheos y aplausos se escucharon en numerosas ocasiones cada vez que el tenista vestido de azul se disponía a servir, fallaba un punto o fallaba una volea. Algo incómodo para cualquiera, incluso molesto. Con el apoyo de las personas presentes en el estadio inclinado a favor Federer (para muchos “el atleta más querido del mundo”), hubiera sido comprensible que Djokovic se enojara y perdiera la concentración durante los momentos clave del partido.

Pero no lo hizo, y fue su resistencia, combinada con una insaciable hambre de triunfo, lo que le dio la victoria en una noche inolvidable.

Al arrebatarle un cuarto título en el año a uno de sus más grandes rivales, Djokovic no sólo igualo el frente a frente entre ambos (21-21), sino que también planteó la posibilidad de reescribir la historia del tenis en el futuro. Federer podrá ser el rey del juego en el libro de los records, pero con este dominio, “Nole” podría levantar la mano en los próximos años.

Las fallas lo fortalecerán

Llevarse el primer set en la final fue siempre uno de los objetivos de Novak. Al jugar contra alguien tan en forma como Federer, Djokovic pocas fallas podría tener y desde el comienzo demostró cómo sería el rumbo del encuentro. Aunque ganó el segundo set, fue en el tercero cuando la misión se complicó para la estrella suiza, sobre todo tras una lluvia de errores no forzados y fallidas oportunidades de quiebre.

Para beneplácito del público, el 17 veces ganador de Grand Slam no decayó tras el descalabro del tercer set y con las luces del Arthur Ashe iluminando su figura, Federer resucitó con unos buenos tiros de su marca registrada. El suizo estaba empeñado en regresar de forma épica.

Sin embargo, y a pesar de presionar como nadie más puede hacerlo, Roger Federer simplemente no pudo encontrar en su inagotable cartera de trucos cómo herir a su rival. El serbio lucía imbatible y difícilmente dejaría escapar la victoria. De hecho, ése ha sido el modo que ha asumido desde la derrota ante Stanislas Wawrinka en Roland Garros: jugar de forma casi demoniaca con tal de ser el ganador.

Su incapacidad de levantar la Copa de Mosqueteros en París, la cual seguramente terminará conquistando en algún momento, podría bien incrementar su fortaleza durante los próximos meses. Porque si algo ha demostrado con el paso del tiempo es que su pasión y amor por el juego permanecen intactos al igual que su empatía y don de entretenimiento. Elementos básicos de todo campeón.

Lejos de ser un intérprete que reposa en sus laureles, el júbilo de sus triunfos se celebrarán con certeza, pero como un verdadero campeón, Djokovic no estará satisfecho hasta que todas las celdas en su lista de pendientes estén completadas… una y otra vez.

El hombre a vencer, pero…

Ver trabajar a un genio no es algo de todos los días, por lo que debemos abusar del momento y ver todo lo que Djokovic logre conquistar hasta donde humanamente nos sea posible.

Cada generación tiene su respectiva ola de figuras fantásticas, pero la forma en que los “Big Three” han monopolizado el mundo del tenis permanece como un fenómeno por sí solo. Aunque Murray y Wawrinka han levantado la mano en los últimos años, el resto de competidores no han podido oponer mayor resistencia al dominio del trío compuesto por Federer, Nadal y Djokovic.

Hoy mismo, surge una única pregunta que cuestiona a Djokovic: con su casi perfecto 2015, ¿es el serbio el deportista por mucho el tenista (hombre o mujer) más efectivo en la actualidad?

Jugando en un nivel por encima del resto su increíble récord en Grand Slams de 27-1 habla por sí solo y demuestra que 2015 fue sin duda su año. A menos de que las cosas cambien drásticamente por culpa de lesiones o su preparación sufra modificaciones que afecten u juego, 2016 luce como otra explosiva temporada para él.

Dicho eso, Djokovic será el jugador que todos querrán derrocar, porque cuando se está en la cima, es mucho más sencillo ver a todos los hambrientos rivales que buscan asestar el gran golpe.

Su lugar en la historia está asegurado, pero será su capacidad de no perder el piso durante el mejor momento de su carrera la que determine su consagración como leyenda del tenis.

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