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La final de Roland Garros 2015 será recordada, entre muchas otras cosas que la historia se encargará por determinar, por ese inverosímil tiro de Stanislas Wawrinka que pasó entre el palo de la red y el anuncio de IBM, por la forma en que Novak destrozó su raqueta y por la ensordecedora ovación de los parisinos para el subcampeón Djokovic.

Qué final. Después de que el primer set se inclinara a favor del serbio, mi primer pensamiento fue (y seguramente el de millones de espectadores) que veríamos a Novak Djokovic conquistar su noveno Grand Slam, levantar la Copa de los Mosqueteros y finalmente ingresar como el octavo miembro al exclusivo club de tenistas que han ganado los cuatro grandes.

Cuesta trabajo aún asimilar que Wawrinka ganó el partido. Y sí, vimos cómo lo ganó, protegiéndose para después ir por la grande y no dejarse intimidar por la fiera llamada Novak Djokovic. Y es que antes de la final, Novak registraba marca de 50-2 desde que su hijo Stefan nació el año pasado y se mantenía invicto sobre arcilla en la temporada. Pero Stan mostró de lo que está hecho y empleó el mismo juego que demolió a Roger Federer en cuartos y a Jo-Wilfried Tsonga en semifinales. Un juego lleno de poder que le saca brillo a las esquinas y que deja imposibilitados a los rivales.

No hay duda de que el resultado dejará frustrado a Djokovic. El de Belgrado se había mostrado tan superior y dominante sobre el resto de la clase que era difícil imaginarlo regresar a casa sin el trofeo en sus manos. Sin embargo, a pesar de la derrota, vimos lo humilde que es y por qué dignamente es el número uno del mundo. Fue difícil ver a Novak recibir el trofeo de subcampeón, mantenerse de pie y contener las lágrimas. Y sí, una victoria hubiera sido grandiosa para él, pero a la vez nos demostró lo arduo que es lograr una encomienda de semejante magnitud. No tengo duda de que Novak levantará el trofeo de Roland Garros algún día. Este año acabó con el reinado de Rafael Nadal y a no ser por una baja de juego, lesión o un “draw” extremedamente complicado, Djokovic tendrá por lo menos cuatro o cinco oportunidades más de triunfar en París.

Viendo el panorama hacia el segundo semestre de la temporada, Novak no tendrá calentamiento previo a Wimbledon y eso no cambiará en las próximas semanas. Como campeón defensor, “Nole” entrará al All England Club como máximo favorito para levantar otro trofeo. Habiendo señalado Roland Garros como su mayor objetivo en 2015, cuesta trabajo saber dónde recaen ahora la motivación y sus deseos. Y es que ya habiendo ganado Wimbledon y el US Open en 2014, ¿qué otra motivación puede haber? Sí, otros dos títulos de Grand Slam engrosarían su palmarés y prolongarían su estadía en la cima, pero la falta del Abierto de Francia será una herida que tardará, por lo menos, 12 meses en sanar.

Djokovic necesita limpiar las lágrimas, juntarse con su equipo, plantear los siguientes objetivos y encarar lo que queda de temporada. No hay razón alguna que le impida comenzar otra increíble carrera hacia el Grand Slam.

Ahora bien, ¿Wawrinka realmente se habrá creído que podía ganar el título de Roland Garros? Seguramente hoy se dio cuenta que jugó su segunda final de Grand Slam sin una inmensa presión sobre sus hombros o con la obligación de conquistar un gran premio. Su primer “slam” lo ganó de la misma forma: Nadal era el favorito y todos creían que Wawrinka estaba ahí sólo por el cheque de subcampeón. Pero si algo hemos aprendido en los últimos 18 meses es que “Stan” se alimenta cuando es señalado como el débil o la víctima porque es justo ahí cuando algo ocurre en su cabeza.

Con este triunfo, “Stan” tendrá una fuerte inyección de confianza con miras a las temporadas de pasto y cancha dura. Seguramente los resultados inesperados seguirán siendo un común en su carrera, pero cuando el helvético se proponga algo, ganará de forma apabullante.

En los grandes eventos, Wawrinka jugará felizmente a la cabeza de la segunda línea de los favoritos, la que está detrás de los “Big Four”. Deambulará entre sombras y sorprenderá cuando haga los ajustes necesarios en su cabeza. “Stan” nunca será el que llegue a dominar porque su juego pulverizador solamente aparece cuando el rival en turno lo requiere, pero para los fanáticos del tenis que están cansados de la hegemonía de Djokovic, Federer, Nadal y Murray, hay buenas noticias: un suizo de 30 años se encuentra en el mejor momento de su carrera, es capaz de ganarle a quien sea y, sobre todo, le ha devuelto la emoción a la gira mundial.

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