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Crónica de una bandera robada

Además de las temperaturas de 45°C durante este Australian Open —las cuales han convertido al tenis, para los que juegan durante el día, en un deporte extremo, casi como el buceo profundo sin tanque—, algo que me ha llamado la atención es la enorme felicidad de los espectadores. En parte porque están borrachísimos, y en otra porque pueden brincar y gritar y ondear sus banderas sin que nadie los vea feo. Este último punto, el de las banderas, es de lo que quiero hablar.

Antes de eso, es importante que diga los siguientes datos: soy fan de Victoria Azarenka, soy la persona más terca del mundo y siempre dejo todo para el último minuto.

Así que, durante el US Open del año pasado, tuve la “brillante” idea de comprar una bandera gigante de Bielorrusia, país natal de Vika, para apoyarla en la final contra Serena Williams.

Vale la pena mencionar que una semana antes del US Open, Azarenka le había ganado a Serena en la final del Abierto de Cincinnati, uno de los torneos más prestigiosos del circuito. Por lo tanto, sí tenía un buen chance de volverlo a hacer en Flushing Meadows.

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El problema fue que decidí buscar la bandera dos días antes del partido. Todo hubiera sido tan sencillo como pedirla por internet dos semanas antes de que empezara el torneo. Pero, por supuesto, no se me ocurrió… Entonces, con la ayuda (e inmensa paciencia) de mi querida amiga Marion Reimers, recorrí todo Nueva York en busca de la dichosa bandera. Y cuando digo “todo”, no exagero; me puse a averiguar dónde quedaba el barrio ruso, para ver si de casualidad había ahí alguna tienda de banderas (a fin de cuentas, Bielorrusia fue parte de la Unión Soviética), hablé por teléfono a almacenes de banderas en Queens y hasta pregunté en la tienda de souvenirs de la ONU… Y nada.

Hasta que, finalmente, una distribuidora de banderas en los muelles de South Seaport resultó tenerla. Bueno, entonces fuimos del Bronx (veníamos de un partido de los Yankees) hasta el sur más sur de Manhattan. Pero, para nuestra sorpresa, resultó que el empleado con el que hablé por teléfono se había equivocado, no era la bandera que yo necesitaba. Lo único que tenían de Bielorrusia era un vil banderín de 15 centímetros —fue tal nuestra cara de desconsuelo, que el encargado nos terminó regalando el banderín.

Para entonces ya no había tiempo y además Marion estaba a punto de asesinarme. Así que decidí mandar a imprimir una bandera. Para no hacer el cuento más largo, toda la travesía por Nueva York, más la bandera en sí, me acabó costando más de 250 dólares.

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Pero valía la pena. A fin de cuentas, Azarenka necesitaría todo el apoyo posible; de las 23,200 personas en el Arthur Ashe Stadium, 23,190 le echarían porras a su compatriota, Serena Williams, y entre los diez restantes estaríamos Marion y yo. Una gigantesca bandera roji-verde era lo menos que podía hacer por Vika.

El mero día de la final, llegamos muy felices al Flushing Meadows Center y para nuestra sorpresa (segunda amarga sorpresa) los guardias de seguridad nos dijeron que estaba prohibido entrar al estadio con banderas.

¿Qué? ¿Todo el esfuerzo, tiempo, esperanzas y dinero que invertí habían sido para nada? Efectivamente.

Resulta que los organizadores del US Open ya prohibieron las banderas. Y a todos los que llegan con una, se les confisca. En pocas palabras, me robaron mi bandera. “Se la podemos entregar cuando salga”, me dijeron. Claro, tener una bandera de Bielorrusia, ya terminado el torneo, me iba a ser de lo más productivo.

Entonces, entramos cabizbajas (por no decir una grosería), fuimos a nuestros asientos y nos dedicamos a beber como australianos…. Borrachas y con un banderín de 15 centímetros, le echamos cuantas porras pudimos a Azarenka. Y toda la gente a nuestro alrededor nos odió, peor que a los fans de los Red Sox en un partido contra los Yankees en el estadio de los Yankees.

Para acabarla de fastidiar, después un partido épico, Azarenka perdió. Se podrán imaginar el estado emocional y el estado alcohólico con el que salí de ese estadio.

Y ahora, un par de meses después, veo por la televisión a los aficionados del tenis en Australia, regocijándose con sus banderas… y se me tuerce el hígado.

Pero ya ni llorar es bueno… ya bastante lloré después de la final del US Open.

En fin… Ojalá los gringos aprendieran un poco de los australianos y dejaran de ser tan estrictos (por no decir otra grosería).

Por cierto, ahora sí con anticipación, para el US Open del próximo año, ya me mandé a hacer una camiseta con la bandera bielorrusa impresa, y quedó increíble. Espero que esa no me la quiten también.

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