Editorial

Los cuatro mejores jugadores masculinos del tenis moderno, quienes han ganado más de 500 millones de dólares en 16 años, llegan a Melbourne conscientes de que sus días como entidad dominante están contados, si no es que ya son historia.

El verano del 2018 ha sido el ideal para todos los que pertenecemos al sindicato de aficionados de deportes. Adémas de llevarse a cabo la justa mundialista de futbol en Rusia, la cual se ha encargado de reducir las jornadas laborales en todo el mundo, se nos juntó el Tour de France, el Gran Premio de Austria, el Gran Premio de Silverstone, y por si fuera poco, el evento que representa al deporte blanco por excelencia, Wimbledon.

"¿Por qué te emocionas tanto? Son solamente dos hombres en shorts pasando la pelota por encima de una red", me dice el subconsciente. "No entiendo tu fascinación".

Luego de que derrotó con maestría a Marin Cilic por 6-3, 6-1, 6-4 en la final de Wimbledon, Roger Federer declaró, en tono de broma, “estoy realmente orgulloso de mí mismo por todo lo que he hecho en estas dos semanas. Jugué, podría decir, probablemente el mejor tenis de mi vida”.

El tenis es mucho más que exigentes batallas físicas y psicológicas entre dos jugadores. El tenis es alegría, diversión y risa, pero también es decepción, dolor y frustración. El tenis es un vaivén de emociones.

Tuvieron que pasar 37 años para que un tenista mexicano llegara a una final de Roland Garros… Y el veracruzano Santiago González lo hizo y sigue escribiendo su propia historia en el libro dorado del tenis mexicano, tan vapuleado en las últimas tres décadas.

A primera vista, Stan Wawrinka parece más un jugador de hockey o futbol que tenista. Espalda ancha, hombros gruesos, pecho erguido, barba de semanas y apariencia ruda. Sí, Stan es fuerte, pero sobre todo, es impredecible. Le gusta señalar su cabeza con el dedo índice durante los partidos. Lo hace porque sabe que si mantiene su mente limpia y el revés afinado, puede derrotar a quien sea, donde sea.

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