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Break a Leg

Antes que todo, debo confesar que ninguno de ellos es santo de mi devoción, sino todo lo contrario. A lo largo de sus carreras, Nadal y Williams han sido los archirrivales de mis más grandes ídolos (en el caso de Serena, la lista es larga.

(Doy un largo suspiro)

Pero al César lo que es del César. Y a Serena y Rafa, los 3.2 millones de dólares por ganar el pasado Abierto de los Estados Unidos en combinación con la Emirates Airline US Open Series —nueve torneos en cancha dura previos al US Open— más los otros 10 millones que ganaron en premios durante el 2013.

Sería ridículo (excelente, en mi opinión) que el primer lugar del mundo fuera de Federer, que no llegó a una sola final de Grand Slam en 2013. O que Djokovic y Azarenka no hubieran merecido bajar al número dos de la ATP y la WTA, respectivamente, cuando el único Grand Slam que ganaron en 2013 fue Australia.

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Ahora bien… Boris Becker sabiamente dijo que los años de tenista son como los años de perro. No es gratuito que la mayoría de éstos sean considerados “veteranos” sin ni siquiera haber llegado a los 30. Monica Seles prácticamente se retiró a los 23 años y es la octava mujer con más títulos de Grand Slam en la historia. Steffi Graf ganó 22 Grand Slams antes de cumplir 30 años... Federer ha jugado 1,123 partidos de tenis profesional. Sharapova, 631 partidos. ¿A qué voy con todo esto? Vuelvo a lo de “romperse una pierna”.

Durante su carrera, Nadal ha acumulado 866 partidos y Serena Williams 733. O sea que (para ya dejar de hablar de números) Roger ha estado en la cancha bastante más veces que Rafa, a pesar de que son “contemporáneos” y Serena casi tanto como Sharapova, siendo seis años mayor que la rusa.

Si algo ha caracterizado al español, además de que sólo Söderling le gana en arcilla y que cada vez que saca se acomoda el calzón (en ocasiones también cuando recibe), son las interminables lesiones que ha sufrido. Desde el 2005, cuando ganó su primer Roland Garros, no ha habido un solo año en que el pobre Rafa no se lastime algo, sobre todo las rodillas. Y de ahí que, después de perder en segunda ronda de Wimbledon 2012, Nadal dijera: no más tenis, no voy a los Juegos Olímpicos de Londres con todo y que soy el abanderado de mi país, adiós US Open, adiós Australian Open, adiós mundo cruel.

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Serena Williams… ni por dónde empezar, todo se ha fracturado y la han tenido que hojalatear más que a un VW Caribe del ’81. Hubo años enteros en que ni siquiera pasó de los octavos de final en Grand Slams. Otros en que su ranking bajó al 175 o al 95 del mundo. Es más, hubo un punto en que Nike la amenazó con quitarle su patrocinio —poco antes de Wimbledon 2007. Y ahora, a principios del 2014, véanlos: imparables (muy a mi pesar). Los números recientes de Serena y Nadal verdaderamente me hacen dudar si sus lesiones han sido una maldición o una bendición.

El tenis de hoy en día hace ver a los encuentros entre Jimmy Connors y Björn Borg, durante los 1970’s, como partidos de bádminton. Y a pesar de que el desgaste es cada vez más brutal y que las carreras de los tenistas son cada vez más largas (gracias a las nuevas tecnologías y magias de la modernidad y de la nutrición), este deporte se sigue jugando once meses al año y aquí no hay de que “el esfuerzo nos lo dividimos entre once”.

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Entonces, ¿qué pasaría si los jugadores se tomaran un sabático de vez en cuando? Así como Nadal y Serena, pero sin el martirio de cirugías y fisioterapias. Y no me refiero a los que ya tuvieron su momento de gloria, como Ana Ivanovic y Lleyton Hewitt, sino a los jóvenes, como Victoria Azarenka y Grigor Dimitrov, que todavía tienen 10 años de tenis por delante. Quizá deberían preguntarse: ¿Qué prefieren, romper récords o romperse la madre?

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